Cuando el campo pide futuro, el talento humano es la clave, muchas veces invisible, de la revolución digital.
A lo largo de la historia, las revoluciones industriales han redefinido la forma de producir, y cada una ha llegado con distintos tiempos y velocidades según el sector. En el agro, la adopción de estas olas tecnológicas ha sido más lenta y desigual que en otras industrias. Mientras la Tercera Revolución Industrial, basada en automatización e informática, ya se desplegaba en la manufactura desde los años 70, su equivalente agrícola —la llamada Agricultura 3.0— recién comenzó a escalar a mediados de los 90 con herramientas de agricultura de precisión. Hoy, la Agricultura 4.0 promete un nuevo salto, integrando inteligencia artificial, sensores y robótica. Sin embargo, el sector aún transita una curva de maduración asimétrica, donde las brechas no son sólo de infraestructura o conectividad, sino de capital humano: capacidades digitales, pensamiento sistémico y liderazgo local para interpretar e implementar el cambio.
Hablar de “necesidades estructurales” en el agro suele centrarse en temas como políticas, retenciones o conectividad (vías y medios). Pero hay un factor muchas veces ausente: las personas. Formar, atraer y retener talento en la ruralidad es un verdadero cuello de botella. Como indica Liu et al. (2021), uno de los principales retos es la escasez de profesionales calificados en datos, IA, robótica y sistemas digitales aplicados a la agricultura. No hay Agricultura 4.0 sin talento 4.0.
En la película de ciencia ficción de Luc Besson, “El Quinto Elemento” que salvaba a la humanidad no era un arma ni una máquina, sino una persona. En el agro, el paralelismo es claro: podemos desplegar sensores, satélites, drones y <em>blockchain</em>, pero sin personas capaces de integrarlos en su contexto productivo, no habrá futuro. El talento humano es el habilitador invisible de toda transformación tecnológica.
Las tecnologías están. Las oportunidades también. Pero muchas veces, lo que falta es dirección. ¿Quién lidera la transformación digital en una gran empresa productora, un pool de siembra, una cooperativa, una empresa familiar o una red de productores? La ausencia de referentes locales formados, con capacidad de traducir la tecnología en decisiones concretas, es uno de los vacíos más profundos, al igual que el desafío sistémico de los procesos y formas en las que operamos, producimos, y vendemos.
Muchas industrias ya pasaron por esto. La adopción de tecnologías sin un cambio en la cultura organizacional, sin rediseño de procesos ni desarrollo de competencias, termina en “pilotos o pruebas eternas” o sistemas que se abandonan a los pocos meses. El agro tiene la ventaja de poder aprender de esos errores y construir su propio camino.
No todas las implementaciones van a salir bien. Pero podemos construir amortiguadores. Plataformas de capacitación contextualizadas, espacios de experimentación, comunidades de práctica y mecanismos de soporte técnico local. Como dice Liu et al., el problema no es solo tecnológico, sino social y humano.
Intentar imponer soluciones diseñadas en entornos urbanos o corporativos en la ruralidad puede ser tan inútil como intentar cruzar una tranquera con una tabla de surf. Se necesita co-diseño, adaptación cultural, escucha activa y validación desde el territorio.
La formación no debe centrarse solo en el uso de herramientas. Es indispensable desarrollar capacidades para repensar cómo se hace el trabajo, rediseñar procesos productivos y generar nuevas formas de organización. Como plantea Liu et al., la falta de integración entre expertos en IA y el mundo agrícola es un obstáculo central.
“Se necesita una formación capaz de habilitar el rediseño de procesos, que prepare a las personas para imaginar otras maneras de sembrar, cosechar, gestionar, vender y decidir. Este tipo de formación —más cercana a la innovación organizacional que a la alfabetización digital— es escasa en los entornos rurales.”
En el lenguaje cotidiano del agro, la palabra “AgTech” ha ganado terreno, muchas veces en detrimento del concepto más profundo de “transformación digital”. Esta diferencia no es menor: mientras AgTech remite a herramientas concretas —apps, sensores, drones— la transformación digital implica un cambio de paradigma, una revisión integral de cómo se produce, decide y se vincula el campo con su entorno. Reducir el proceso a su expresión tecnológica es privilegiar el “con qué” sobre el “para qué”. Y eso puede llevar a soluciones brillantes que no resuelven problemas reales.
Si la agricultura quiere ser parte de la revolución 4.0, necesita invertir en su capital más crítico: las personas. El quinto elemento está, pero hay que formarlo, empoderarlo y acompañarlo. Y esa, tal vez, sea la verdadera revolución que está por venir.
Por Juan Pablo Cosentino, Profesor Asociado del área Dirección de Operaciones y Tecnología del IAE Business School.